El otro día fui al médico, porque comenzó a dolerme de nuevo la espalda, del día que me convertí en actor de una película de acción llamada “a la mierda con las Oreo”. Salí del médico y me senté en un spot a tomarme un cafecito y recordar (recordar posta) lo que me paso ese día. Primero, llamé a mi señora, le conté lo que me dijo el médico (más calmantes, nada que sea preocupante) y que iba a seguir camino con el tacho.
Así, con el café y el alfajor de dulce de leche en la mesa, recordé.
Un día como cualquiera, había dejado el tacho donde pude porque tenía que
caminar unas cuadras en calle de tierra (¡ni loco meto el auto en el barro!)
para buscar un paquete de algo que había comprado mi señora. Fui, recogí el
paquete y comencé a volver al auto, a las puteadas porque me había embarrado
los zapatos y lo iba a pagar la alfombra. Pase por un kiosco que tenía techito
y me compre un paquete de oreos, para matar la mala onda. Me comí dos o tres
galletitas y seguí camino al tacho. Me faltaban unas dos cuadras.
“Tengo que tener un par de zapatos en el baúl, así cuando me pasan estas
cosas, me los cambio y chau”, pensaba. Y así, metido en mis pensamientos, pasó
lo impensable: pasé por la “vereda” –si se la puede llamar así- de una casa en construcción,
puro barro y algunos ladrillos a modo de baldosas. Pise mal y se me fue el pie.
Después todo paso como en las películas, todo en cámara lenta, las galletitas
salieron volando del paquete, mi pie se levantó por sobre mi cabeza y la otra,
torpe como yo, quedo medio detrás, dejándome cual bailarina exótica. Pero no
quedó ahí. Mientras caía, mi trasero dio sobre un ladrillo mal acomodado, dando
directamente en mi huesito dulce. El dolor apagó mi garganta y el grito se apagó,
no sé por qué.
Pero no termino allí, no.
La espalda acompaño al culo, y recibió dos “ladrillazos” los que me dejaron
sin aire.
Allí estaba yo, tirado bajo la lluvia, embarrado, dolorido y rodeado de
oreos.
Patético.
Por suerte me vio un vecino, me ayudó, me subí al auto, así roñoso y me fui
a casa, pensando en la estupidez humana. Esa misma noche, al médico, inyecciones,
calmantes, descanso de dos días y la historia es otra.
Si alguien hubiera filmado mi caída, esta no duró ni dos segundos. Pero para
mí, fue un cameo en una peli de acción de varios minutos. Y aún sigo pagando.
Desde ese día, no me subo al tacho en días de lluvia. Me costó un ojo de la
cara la limpieza de la alfombra, el volante, los asientos…
Nada. Una historia de dolor y estupidez.
Poco y nada.

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